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 BLOG DE LECTURAS PEDRO A. LÓPEZ GAYARRE 

Radiaciones II. Diarios de la II Guerra Mundial. Ernst Jünger

Ernst Jünger
03/12/2016 . Comparte esta noticia en FacebookComparte esta noticia en TwitterAñadir a del.icio.usAñadir a YahooRSS
La segunda parte de los diarios de la II Guerra Mundial de Ernst Jünger (1895-1998), agrupados bajo el título de Radiaciones II, comprenden su Segundo diario de París (febrero de 1943-agosto de 1944), Hojas de Kirchhorst (agosto de 1944-abril de 1945) y La cabaña en la viña. Años de ocupación (abril de 1945-diciembre de 1948), en total más de seiscientas páginas que completan el testimonio vital del escritor en estos años cruciales para Europa y Alemania.
 
Si la primera parte discurre por las mismas o parecidas experiencias en el París ocupado, en el que asoman gentes como Cèline, Drieu La Rochelle, Paul Léautaud o tantos otros, a partir de junio de 1944, tras el desembarco de los aliados en Francia y del atentado fallido contra Hitler todo cambiará radicalmente para Alemania y para el escritor. La derrota inevitable se ve acompañada por la prisión de su hijo Ernestel, de 19 años y su posterior muerte en el frente de Italia en las inmediaciones de Carrara. Jünger paga su precio individual de la manera más dolorosa para un padre. El tono se oscurece y la última parte está marcada por la inevitable reflexión sobre el caos, la destrucción y el mal que no cesa que sigue a la derrota.
 
Son tantos los temas que a lo largo de estos diarios guían la escritura de Jünger que he optado por recoger algunos de ellos recreados en algunos párrafos muy significativos. Ahí va mi selección:
 
Fisonomía moral. Un tema que aparece continuamente en los retratos de los personajes que se cruzan en la vida de Jünger. Es el caso de Marcel Déat, (Guerigni, Francia, 1894-Turín, 1955) creador del Rassemblement National Populaire, un partido de Neosocialistas integrados en el conglomerado de colaboracionistas del gobierno de Vichy: “Déat, a quien yo veía por primera vez, exhibía unas marcas que yo he observado en diversas personas, pero a las que todavía no puedo dar un nombre determinado. Se trata de procesos morales incisivos que se hacen visibles en la fisonomía, sobre todo en la piel, que confieren un carácter que unas veces es apergaminado y otras veces es escaldado, pero que, en todo caso, la vuelve grosera. El ansia de poder a cualquier precio endurece al ser humano, pero a la vez lo expone a ataques del terreno demoniaco. Ese aura se nota; se me hizo especialmente clara cuando, una vez acabada la reunión, Deat me llevó a casa en su coche. Aun sin los dos corpulentos sujetos que nadie había visto en toda la noche y que entonces se sentaron junto al chófer, yo habría notado que aquel viaje en  coche no dejaba de entrañar riesgos. Pero en mala compañía, el peligro pierde su atractivo” (Página 88).
 
“Desviación española”: catolicismo contra cristianismo: “En el correo francés que he encontrado en el hotel Raphaël había, entre otras cartas, una de Jean Leleu sobre León Bloy, cuya lectura le había yo recomendado. A Leleu le sorprende ´lo inhumano´ de ese autor. Le reprocha sobre todo que su catolicismo deje de ser cristiano con tanta frecuencia. Es cierto; como a otros muchos latinos, también a Bloy podría reprochársele la desviación ´española´, ese endurecimiento peculiar que acaba convirtiéndose en falta de misericordia. En el otro extremo está la desviación germánica, que tiende a disolverse en lo elemental. El gran Inquisidor y Angelus Silesius” (Página 185).
 
Realismo, positivismo tras sus lecturas esotéricas de la realidad que tan a menudo aparecen mezcladas con sueños y que luego marcarán sus experimentaciones con el LSD, Huxley…: “…La necesidad que siento de una fundamentación lógica –no me refiero tanto a la demostrabilidad de algo cuanto a la testificación y cercanía del entendimiento, que siempre debe aportar también su luz. Las metas no pueden encontrarse sino delante de nosotros. Eso es lo que me separa de los románticos y lo que ilumina con una luz propia mis viajes por los supramundos e inframundos: en mi nava espacial, en la que buceo, nado, vuelo, en la que cruzo con rapidez mundos de fuego y reinos de sueño, siempre me acompaña un instrumental que ha sido conformado por la ciencia” (Página 250).


 
Pero la parte más emocionante es sin duda la última, que refleja a un hombre roto por el dolor y que sigue intentando abrir ese mundo a la claridad del pensamiento. Es el momento en que comienza la lectura del profeta Isaías y toma el título de uno de sus versículos: “Kirchhorst, 13 de mayo de 1945. Empezado la lectura del Libro de Isaías… Vuestro país está desierto; vuestras ciudades, abrasadas por el fuego; vuestro suelo a vuestra vista, extranjeros lo devoran, y está desierto, como asolado por extranjeros… Pero lo que ha quedado de la hija de Sión es como una cabaña en viña, como choza en melonar, como ciudad sitiada” (Página 411).
 
15 de mayo de 1945. “Al regresar a Kichhorst me han dicho que el pueblo ha sido saqueado por rusos, quienes han usado el argumento de que Stalin ha ordenado que a cada uno se le entregue un traje de paisano completo. Los he visto inseguros, dar vueltas en bicicletas, vestidos como adefesios… así se producen esos espectáculos que no se conocían en estas tierras desde hacía trescientos años –desde los días de la ´caza sueca´ y de los disturbios descritos por Löns en su obra Werwolf…".
 
Pero además del dolor, cada alemán debe cargar con la parte de la culpa que le pertenece:
 
16 de mayo de 1945. “Pero no podemos despojarnos de la pertenencia a nuestro pueblo. Está en la naturaleza de las cosas el que nos afecte con más intensidad la desgracia de la familia, el sufrimiento del hermano –y también que estemos asociados más estrechamente a su culpa. Esa culpa es la nuestra. Hemos de salir fiadores de ella, hemos de pagarla… En medio de la catástrofe nos conmueve la visión de seres humanos que andan en busca de su juez. Aunque al hacerlo caigan en las nuevas zanjas que han  sido excavadas en todos los cruces de caminos, esos hombres rozan los rangos superiores y liberan pesos enormes” (Página 412).
 
La banalidad del mal. Anticipo del tema que sistemáticamente Hannah Arendt abordará en Eichman en Jerusalén, años después: 
 
“La radio anuncia que Himmler ha sido detenido; iba disfrazado. Tal vez la única vez que no iba disfrazado –el Reichfürher de las SS vestido de vagabundo, de mendigo tuerto. Sic transit gloria. Al ser detenido mordió una ampolla de cianuro que llevaba en la boca. Desde el comienzo tuve claro que esos caramelos tenían que formar necesariamente parte del equipo, del nécessaire de los hombres de poder puros, no inquietados por ningún escrúpulo. Lo que en este hombre me resultó siempre raro fue que apestaba a burgués. Uno pensaría que alguien que organiza la muerte de muchos millares de personas tendría que diferenciarse visiblemente de todos los demás hombres y que a su alrededor habría un resplandor terrible, un brillo luciferino. En vez de tales cosas, esos rostros , que uno encuentra en toda gran ciudad cuando anda buscando una habitación amueblada y nos abre la puerta un funcionario que se ha jubilado anticipadamente.
 
En esto se hace patente, por otro lado, hasta qué grado ha penetrado el mal en nuestras instituciones: el progreso de la abstracción. Detrás de la primera ventanilla puede aparecer nuestro verdugo. Hoy nos manda una carta certificada y mañana la sentencia de muerte. Hoy nos hace un agujero en el billete del tren, y  mañana, un agujero en la nuca. Y ejecuta ambas cosas con la misma pedantería, con el mismo sentido del deber. Quien no ve eso ya en los andenes de las estaciones y en el keep smiling de las vendedoras camina por nuestro mundo como un daltónico. Ese mundo no tiene sólo zonas y periodos terribles, sino que es terrible de arriba abajo". (Páginas 415-416).
 
Bühl, 22 de octubre de 1945. “…Hemos pasado la noche en unos de los centros de acogida de la Cruz Roja. El lecho era duro, pero instructivo; permitía echar una mirada a la gran miseria que abarrota las carreteras. El espectáculo de los alemanes durante sus triunfos me ponía triste a menudo; ahora, en su desgracia, me han inspirado el máximo respeto” (Página 522).
 
Kirchhorst, 26 de noviembre de 1945. “Ahora tenemos ocasión de estudiar la otra cara de la hybris, de la desmesura, el rayo de la venganza, que sólo en apariencia lanzan seres humanos. Pero una vez más vuelven a sufrir millones de inocentes; y otros millones sufren más de lo que merecen.
 
El espectáculo adquiere un aspecto diferente, sin embargo, para quien divisa en el dolor, en el sufrimiento, el auténtico capital del tiempo. Los alemanes podrán decidirse algún día a reinvertir en desquite ese capital que ahora está acumulándose en millares y millares de lugares de horror aún desconocidos –entonces ese capital será derrochado en pura pasión. Pero también pueden ponerlo a rédito y hacer ganancias con él: cosechar los frutos del sufrimiento, que maduran silenciosos en forma de sabiduría, de amor, de poder interior, de alegría de vivir, cosas todas ellas que siguen a la lección impartida por los golpes del destino” (Página 534).
 
Una recapitulación imprescindible sobre Hitler. En varias  entradas y bajo el epígrafe Provocación y réplica que muestran la lucidez de su pensamiento (Páginas 554-564).
 
Y un lugar también para retratar su tiempo con palabras de otro escritor:
 
Kirchhorst, 28 de julio de 1948. “Lectura de la bella carta de Antoine de Saint-Exupery al general X, encontrada entre los papeles que ha dejado. En ella, estas dos frases: “Sufro un tiempo que me resulta ajeno. Pero no me arrogo el derecho a quedar exceptuado de este sufrimiento”. "Ese es el sufrimiento de de los espíritus superiores en nuestro tiempo” (Página 602).
 
No faltan tampoco consideraciones generales que reflejan su mundo interior.
 
“Libros de escritura tan concentrada que es preciso hacer pausas para leerlos. Es preciso recuperarse, salir de la habitación, de la casa. De lo contrario la lectura nos consumiría con tanta fuerza como la llama a la vela.
 
Por cierto eso me ha ocurrido a veces con personas. He tenido que marcharme a la habitación de al lado con el pretexto de ir a buscar algo. (13 de marzo de 1947. Página 581).

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Ernst Jünger. Radiaciones II. Diarios de la segunda guerra mundial (1943-1948). Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Tusquets Editores. 2005. 606 páginas. 25 euros.
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