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El Digital Castilla-La Mancha

Días de 1989. José Luis García Martín

José Luís García Martín
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25/03/2017 .
A José Luis García Martín (Aldeanueva del Camino, Cáceres, 1950) lo conocía por el Salón de pasos perdidos de Andrés Trapiello. Allí, con su nombre unas veces o con sus iniciales otras, aparece como un personaje digno de ocupar alguno de esos días. Ahora, con la reseña de la última entrega de sus diarios de Anna Caballé en Babelia, El arte de quedarse sólo, me animo a comenzar a leerlos. La librería y editorial Renacimiento en internet me facilita añadirle a mi lista de vicios solitarios, junto al mencionado Trapiello y el inagotable Léautaud. Días de 1989 es la primera de las entregas de su diario, y alguien que es capaz de presentarse de la manera que sigue siempre me tendrá entre sus lectores. Ahí va eso.

 
“Algunas puntualizaciones: no me quejo de no ser joven, sino de no haberlo sido. No me importa carecer de éxito; solo me preocuparía no merecerlo. No me gusta que me elogien en público; que no lo hagan me gusta todavía menos.

No soy modesto por modestia; esa es la cualidad propia de los grandes hombres.

No pretendo tener siempre razón; me basta con tenerla casi siempre.

No me importaría seguir siendo un perfecto desconocido toda la vida. ¡Es tan cómodo viajar de incógnito!
No siempre digo la verdad, pero casi siempre miento”
(Página 35).

 
Y un escritor que reconoce: “Hasta la fecha, mi crédito como poeta resulta casi nulo, lo cual no es de extrañar, ya que he publicado siempre en inencontrables ediciones de quinientos ejemplares” (Página 31).

 
Y también capaz de hacer confesiones que a uno le parecen desprovistas de la más mínima pose:

“Ahora que vives solo te quejas menos de la soledad que antes”, me dice una amiga que tiene la buena costumbre de leer casi todo lo que escribo.
 
La sensación de soledad no tiene nada que ver con esa costumbre, tan incómoda y antihigiénica, de compartir la cama con alguien. Yo no me siento solo por dormir solo, lo mismo que nadie se siente solo por no utilizar los cuartos de baño colectivos. Para dormir no necesito compañía… A algunos una única persona (suelen casarse con ella) les satisface la mayor parte de sus necesidades. A mí, por lo general, con quien me gusta discutir de literatura no me gusta hacer el amor; con quien me gusta hacer el amor no me gusta convivir. A una cocinera le pido que cocine bien, no que me satisfaga mis urgencias libidinosas. Hay gentes que tienen mayordomo, chofer, secretaria, administrador y muchas otras cosas en un único paquete al que denominan esposa. Es posible que resulte cómodo y hasta barato, pero a la larga no creo que de buen resultado. Le hace a uno demasiado dependiente".
 
“Dices eso porque nunca has amado de verdad a nadie”, me replican. Es posible. Y lo lamento demasiado. Lo que algunos llaman “amar de verdad” me parece bastante desagradable. De lo que estoy seguro es de que nunca he odiado verdaderamente. Para odiar de verdad a una persona hace falta haber estado casado con ella” (Páginas 38 y 39).

 
Muchos de sus conocidos le consideran un maniático insufrible. He aquí su mundo cotidiano:

“La monotonía no me parece un defecto, sino una imposibilidad.

Amo el orden porque lo considero inalcanzable.
Ordenar el caos: la única aventura que merece la pena.
En el paraíso que yo me imagino nadie llega tarde, nunca ocurren imprevistos, cada día es a la vez diferente e igual a los otros”
(Página 46).

 
En cuanto al lector y escritor de diarios hay poco que añadir:
 
“Como lector siento una especial predilección por los diarios, por esos vanos intentos de retener la vida que pasa, de conservar entre palabras algunos fragmentos del frágil material perecedero de que estamos hechos. No importa que al final lo único que nos quede entre las manos, entre las páginas, sea la certeza de que no queda nada” (Página 55).
 
“Yo no hago literatura en estas rápidas anotaciones de media noche, casi ilegibles en la mayor parte de los casos. Trato de retener, inútilmente, algo del tiempo que pasa. No hay profundas disquisiciones filosóficas, personajes importantes, revelaciones transcendentales. Lo único que queda claro son mis manías, mis obsesiones… si yo publicara mi diario, nadie pasaría de la segunda página. A pesar de todas las razones que me doy, no acabo de renunciar al proyecto". (Página 60).
 
“Mayo, 22. Para los tímidos y los cobardes el diario ofrece la posibilidad de una venganza póstuma. No importa que no estemos para disfrutarla, la imaginación nos hace gozar de ella anticipadamente. También puede un diario reflejar solo las horas felices. Pero el resultado suele ser bastante menos divertido.

Bienaventurados los resentidos porque de ellos será el reino de la literatura.

Eres mezquino, observador, mal intencionado: escribe un diario, no aburrirás a los lectores.


Yo nunca sería un buen memorialista: no soy observador.
Si tienes algo bueno que decir de alguien, cállatelo; interesa a poca gente”
(Página 33).
 
“Los  diarios íntimos me aburren, quiero decir los que cuentan intimidades del autor. Lo que me gustaría escribir es un diario íntimo de intimidades ajenas” (Página 127).

 
En su declaración de cosas detestables y cosas que ama, pueden aparecer algunas buenas razones que justifiquen también a cualquiera por qué leer a José Luis García Martín:

“Julio, 4. Cosas que detesto: El campo. La falta de puntualidad. El verano. Los poemas sin título. Vicente Aleixandre. Los domingos. Trasnochar. Enamorarse. Los imprevistos. Los premios literarios. Viajar. Las personas que siempre quieren tener razón. Los aeropuertos. Que me lleven la contraria. Cosas que amo: Los días grises. Las ciudades pequeñas. Las ciudades grandes. Llegar a las citas con diez minutos de adelanto. Hablar mal de los amigos ausentes. Las bibliografías. Ver la televisión. Los grandes almacenes. Haber viajado. Los lunes. Los aviones. Los veinte años. Que me den la razón. Llevar la contraria” (Página 61).

 
Algunos apuntes de por dónde anda la cabeza y la escritura del diarista:

“Julio, 12. Dos o tres horas de charla en San Remo. Apunto aquí algunos retazos de mis palabras, aunque no podría asegurar si fueron realmente pronunciados o simplemente los pensé mientras otros hablaban:

Jamás inicio yo una conversación, una amistad, un amor.

No veranear es uno de mis escasos lujos.

Soy un entusiasta de la falsa modestia; me gustaría ser un gran escritor solo para darme el gusto de poder decir en público: “No, si lo que yo hago vale poco…”
.
 
"Sé guardar un secreto. Un secreto propio, quiero decir. Para los ajenos no me queda sitio…

Me gusta tanto llevar la contraria que me basta con afirmar rotundamente una idea para dejar de creer en ella.

Cuando era joven, lo que más me gustaba del amor eran los momentos previos, la inminencia, esos deliciosos instantes en que subíamos juntos en ascensor hasta mi cuarto; ahora prefiero el momento de darle el dinero para que coja un taxi y me deje en paz.


No conozco placer mayor que el de dormir solo en una amplia cama de matrimonio, especialmente después de haber tenido que dormir con alguien en noches anteriores.
No sé si el infierno son los otros, de lo que estoy seguro es de casi nunca son el paraíso…

No presumo de ser único; todo el mundo lo es…

¡No soporto a esos poetas que no saben hablar más que de lo que han escrito, de lo que están escribiendo, de lo que van a escribir! Como si no hubiera temas más interesantes… Por ejemplo: mi poesía.


Un crítico que elogia nunca puede ser malo del todo; uno que no me tiene en cuenta, jamás podrá convencerme enteramente de su valía” (Páginas 66-68).

 
Además, en esta edición de Días de 1989, editada diez años después por Llibros del Pexe, se añade una entrevista con el autor de Enrique Bueres, "Conversación en la terminal", que animará aún más al lector de diarios a leer a José Luis García Martín. No hay manera de resistirse.

Por cierto, entre los poetas que aparecen en estos días de José Luis García Martín están nuestro paisano Amador Palacios (Página 93) y el “casi” paisano Francisco Castaño (Página 24).

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José Luis García Martín. Días de 1989, seguido de Conversación en la terminal. (Una entrevista de Enrique Bueres). Editorial Llibros del Pexe, 1999.   
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