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El Digital Castilla-La Mancha

Segunda entrega de los diarios del terror de los poetas

José Luis García Martín
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22/04/2017 .
En esta Colección de días de 1992, que es la segunda entrega de sus diarios tras, Días de 1989, comentados aquí hace unas semanas, José Luis García Martín recoge algunas de las reacciones que su publicación provocó. Ahí van algunas:
 
“El ataque más feroz a Días de 1989 apareció en una revistilla del Opus, publicada en Pamplona; se le definía como 'un libro en el que las difamaciones, juicios temerarios, descalificaciones personales e insultos se suceden sin interrupción, mostrándonos a un autor de muy baja calaña moral, que además se jacta de ella'. García Martín, terminaba la reseña, 'posee una personalidad vacía y escéptica en la que se entremezclan las obsesiones del viejo verde con los atrevimientos pacatos del joven ignorante que se las quiere dar –mediante destellos de pesimismo cáustico- de enfant terrible y escandalizador'. Hombre, amigo Eduardo Gil Sáenz, tampoco es para ponerse así” (Página 27).
 
Unas críticas que no parecen hacer demasiada mella en el diarista, que confiesa recibir también muchos elogios ante los que se confiesa rendido:
 
“Un tonto me reprocha en Oliver mi vanidad, mi narcisismo, y eso me fastidia un poco. ¿Soy tan vanidoso? La verdad es que yo he contribuido a esa fama repitiendo una y otra vez cuánto me agradan los elogios. Cuando estoy deprimido nada me ayuda más a recuperar el buen humor que recibir una carta en la que alguien, conocido o desconocido, me dice lo mucho que le ha gustado un libro mío. Todos los elogios me gustan, y todos los agradezco, aunque, naturalmente, no todos de la misma manera; los hay que son formas de la cortesía, moneda devaluada. Los elogios que menos gracia me hacen son los del presentador en una lectura o en una conferencia, esos elogios que nadie se cree y que se escuchan sin saber qué cara poner. Pero una persona que dice que le gustan los elogios no es una persona vanidosa, es una persona sincera… La vanidad tiene demasiada mala prensa. No se la merece. Ayuda a vivir” (Página 66).
 
Pero la vanidad también tiene sus infiernos:
 
“Si yo tuviera que inventar un infierno para los escritores vanidosos, los condenaría a corregir pruebas de cualquiera de sus libros durante toda la eternidad; no logro imaginarme tormento mayor”.
 
Pero no sólo es la voz del propio escritor la que asoma en esta segunda entrega, sino que como buen heredero del Journal Litteraire de Paul Léautaud, también son otros escritores y otras historias literarias los que aparecen en sus páginas. Así en su paso por Buenos Aires, Borges, Victoria Ocampo y una sabrosa historia argentina; o más cerca las historias de la despedida de Pedro de Lorenzo en ABC con Santiago Castelo entre medias, las cartas de don Juan Valera a su mujer y otras lecturas que pasan a su propia vida: “Yo estaba en Moscú el año 52 –es Jorge Amado quien habla- y había ido con Ilya Ehrenburg a ver, para cierto complicado asunto, a una persona importante del partido. A la vuelta Ilya me dijo: 'Jorge, somos escritores que nunca podremos escribir memorias, sabemos demasiado'. Por eso precisamente –me replica un amigo- yo nunca leo memorias ni diarios íntimos; quienes tienen algo interesante que contar, se lo callan, y quienes, como tú, están dispuestos a contarlo todo resulta que no tienen nada que contar” (Páginas 105-6).
 
Al final en dos páginas, Las reglas del juego, García Martín explica de donde salen estos diarios escogidos: “Desde hace ya casi treinta años, desde las perplejidades y asombros de la adolescencia, nunca he sido capaz de conciliar el sueño sin garabatear antes unas líneas sobre un papel… He llenado así, con letra casi ilegible, docenas y docenas de cuadernos que no cometeré la descortesía de legar a la posteridad, y no porque encierren ningún secreto inconfesable, sino porque resultan tan tediosos como triviales. Pero aparte de rutinario y maniático, soy también contradictorio: de vez en cuando me gusta hacerme trampa a mí mismo y publicar una breve muestra de esas páginas escritas para no ser publicadas” (Página 131) .
 
En lo que toca a poetas castellano-manchegos y asociados, de nuevo aparece Francisco Castaño y no para mal: “El final de un soneto de Francisco Castaño, que me gustaría utilizar en una entrevista: 'Escribo porque sí. Y porque sé'. Suena algo jactancioso” (Página 23 y 12), y Ángel Crespo: “Mi admirado y detestado polígrafo manchego” (Página 62).
 
Pero como en la primera entrega, uno no se aburre de leer a García Martín. Continuará hasta que me aburra.

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José Luis García Martín. Colección de días. Editorial Renacimiento, 1993. 136 páginas. 8 euros.
Soliss  La Mutua Castellano-Manchega. Seguros desde 1933
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